Claro es que, desde la cultura patriarcal, a la que se adscribe el coro de voces que lamentan esta condena, no tiene inequívoco contenido sexual casi nada, y son aceptables las palmadas en el trasero, los rozamientos con las rodillas bajo la mesa, e incluso el tocamiento directo de genitales, porque desde esta cultura, la libre determinación en materia sexual, especialmente de las mujeres, es irrelevante, y solo se las debe proteger en los supuestos más graves de conductas de abuso sexual, y aún exigiéndole a la víctima que adopten una defensa numantina de su honor, porque si no, “que me vais a contar, es sospechosa de que consentía”.
Lo sorprendente de la condena de Rubiales, como dijo hace poco Aitana Bonmatí, es que no hayan condenado a Rubiales y sus secuaces por las coacciones y amenazas, tanto a la víctima como a algunas testigos del hecho, para que hicieran un vídeo de declaraciones “quitando hierro al asunto”, y posteriormente, para que se retirara la denuncia. No se comprende, en modo alguno, que se condene por el abuso sexual, y por esas coacciones, que constituyen un delito contra la propia administración de Justicia, se deje la conducta en una total impunidad, con lo cual, además de imponer la pena en el grado más bajo imaginable, el Sr. Rubiales ha salido prácticamente “de rositas”.
Yo a estos nostálgicos de los códigos penales del franquismo, que añoran las penas de reprensión pública que se aplicaban antes de 1995, tengo que decirles que la reforma del Código Penal que se efectuó en 2022, para aplicar el principio del ‘solo sí es sí’, me parece un avance enorme para las mujeres, porque de una puñetera vez el bien jurídico que protege el código es su libertad de decidir lo que quieren hacer en materia sexual, y el único defecto que le veo a esta reforma, lo he dicho en algún artículo científico, es que se les deja excesivo arbitrio a los jueces, que así pueden zanjar una conducta como la de Rubiales, con una ‘penita’ de multa de 10.800 euros, como permitieron salir de prisión a una ristra de violadores y abusadores.
Esta forma de ‘echarle tierra’ a todos los tejemanejes que efectuaron desde una entidad privada de utilidad pública, como es la Real Federación Española de Fútbol, para proteger al que fue su presidente, a costa de los derechos y de la libertad de las jugadoras, me recuerda un poco a las dificultades de todo tipo que me pusieron para investigar y acusar a una red de pederastas que operaba en Barcelona y que, según informes policiales que obraban en la causa, efectuaban fiestas en las que participaban personalidades de la mayor relevancia política.
Tristes recuerdos de otros tiempos, en que yo actuaba en nombre del ayuntamiento de esta ciudad, acusando a aquellos indeseables que abusaban de menores en el Raval, y donde a uno de los letrados de la defensa no se le ocurrió otra cosa que presentar como prueba un libro de Arcadi Espada, titulado ‘Raval: De l’amor als nens’, en el que, de una u otra forma, se defendía la licitud de los contactos sexuales de mayores con menores. ¡Qué asco!
Termino diciendo que la conducta del Sr. Rubiales, se mire como se mire, y fuese el beso con o sin lengua, tiene una lectura que lo hace incuestionablemente delictivo porque, gracias a Dios, el código lo que castiga hoy es realizar cualquier acto que atente contra la libertad sexual de una persona, sin su consentimiento, como puso de manifiesto, con total acierto, la fiscal del caso, Marta Durántez.
Fuente: elPeríodico
